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jueves, 18 de noviembre de 2010

CASA

Estuve meses viviendo de acá para allá, y aunque en todos los sitios me trataban muy bien- la residencia, la casa de mis padres, la de mi abuela, una semana en los Alpes, la casa abandonada- y, sobre todo, me concedían autonomía, estaba harta de tener mi ropa en maletas. O guardada de cualquier manera. Me suponía un problema muy incómodo pedir permiso para las cosas más cotidianas, aunque la respuesta siempre fuera afirmativa.

En cada casa el baño estaba en su sitio, la cocina tenía un orden diferente, los pasillos giraban en cada sentido, la temperatura variaba. Las ventanas dan a diferentes plazas, calles, patios y muros. No se puede espiar a las mismas personas, y el voyeurismo es algo íntimo y habitual, a veces durante lustros.

Cambiar de casa es duro. Cambiar de cocina, mortal. En esa casa el té se hace en cazuela, en la otra hay un aparato eléctrico, en aquella, se le añade leche, sin preguntar. El café no existe en la mayor parte de las casas, y si existe, es liofilizado. No hay cafetera, no hay ese ruido del agua en ebullición, ascendiendo arduamente para mezclarse con los polvos mágicos, depositándose en la estancia superior, sabiéndose licor de dioses. No hay olor a café en muchas casas, como si no quisieran ser felices. A veces tenía suerte y lo había, y entonces te lo mezclan con litros de leche, o te lo sirven precipitadamente, sin opción a azúcar y leche…

Cada cocina tiene unos comensales, y cada comensal un gusto, una manía o un defecto por el que queremos matarlo. Y la gente se priva en vida de alimentos que añorarán tras la muerte. Unos no comen tomates, otros, carne, otros, zanahorias, otros, salmón, otros, alimentos tratados genéticamente o en una simple industria, olvidando así las maravillas que los conservantes y los colorantes han hecho por nosotros. Son esos mismos que se extasían ante un saquito de azafrán o una botellita de curry extrasuave traída de la India…Como si esos ingredientes, no dieran color, sino la eterna juventud. Gracias a Dios no he tenido que enfrentarme con esos pseudohippies en mi peregrinación doméstica, pero en muchas casas no he podido comer fruta, o verdura o pescado, sintiendo cómo cada gramo de grasa se posaba en su sitio preferido. Yo también soy un poco especial con la comida, saco en conclusión.

Cada casa, un horario, una mirada, una manera de comportarse. Una confianza diferente con el anfitrión. Estaba harta. No tenía amigos, y los pocos que hacía me duraban hasta la siguiente mudanza. Perdía cosas, yo, fetichista por antonomasia, y pedía perdón a la persona que me lo había regalado en un ritual de maletas, viajes y mal humor.

Y por fin llegué a mi verdadera casa, un día lluvioso que invitaba a la meditación, y que yo hube de utilizar subiendo y bajando, firmando, ultimando y maldiciendo. Pero ya estaba en casa. Me encanta decir eso, sin nada más. Casa-casita-casa. Con su calefacción, su dirección en una calle que no va a cambiar de nombre, su moqueta (odio las moquetas) calentita y sus ventanas perfectas para espiar y ser espiada, porque en esta vida hay que ser generosa. Qué maravilla Dios mío, qué maravilla.

Y entonces empecé a limpiar. Primero la cocina. Mi cocina, donde estaba mi orégano, mis recetas, mis nueces traídas del campo. Estaban mis productos de limpieza. Mi horno. Un horno, qué lujo.

El salón era más difícil de limpiar, por la moqueta, que además amortiguaba mis pasos y me hacía sentir en el limbo. Pero la mesa y la cómoda no oponían resistencia, tampoco el armario. Un armario grande y espacioso, que se dejaba limpiar pasando un paño humedecido.

El baño lo limpiaba tras acabar de pegarme una ducha, porque la ausencia de cortinas mojaba todo. Pronto descubrí lo práctico de este hábito, así que cada mañana, tras una ducha larga en la que me regodeaba de mis pertenencias, desde la ropa interior a las cañerías, llenaba todo de un producto que contenía lejía y frotaba y frotaba. Esto estropeó algunas de mis toallas, viejas ya de la humedad de las otras casas, y la falta de lavadora en la mayoría de los casos. Así que un día salí a comprar toallas nuevas, en una tienda del barrio. Ese día también me tomé un café y aproveché para hacer algunas compras, el tiempo había mejorado, pero el invierno amenazaba ya por las mañanas.

Otro día salí para encontrar la piscina a la que me apunté y descubrí también tres bibliotecas, así que me inscribí y me fui a casa llena de discos, libros y películas. Al fin tenía un lugar donde caerme muerta, y más que muerta, aletargada por la banda sonora de películas ancianas que me acariciaban y me recordaban que las cosas malas les pasan a los turistas advenedizos de Venecia, o a los viajantes incansables que huyen de la justicia. Nada podía pasarme delante de la pantalla que me proyectaba ficción.

Por lo demás no salía mucho. Era la primera vez que tenía un alquiler completamente sola y eso exigía una responsabilidad enorme. Y descubrí que el polvo era asquerosamente reincidente, así que los días en los que no iba a trabajar (Gare Montparnasse-Place d´Italie- Les Gobelins) me dedicaba a limpiar. Porque además, después de limpiar la casa, hay que limpiar los utensilios para limpiar. Miraba aquel barreñón lleno de lejía, bayetas y esponjas, con el orgullo de quien ha descubierto la existencia de los gérmenes y dedica su vida a acabar con ellos.

Cuando acababa esto, aún tenía la parte más divertida entre manos: cocinar todas esas cosas que habían estado prohibidas en las casa ajenas. Ensaladas con apio, bizcochos, crêpes, recetas con quesos variados…Aunque tampoco comía mucho.

Y cuando me he dado cuenta, es noviembre, y mi vida continúa así. Maravillosa, protegida, algodonada por la moqueta. No salgo mucho, hace frío, y una casa requiere tantas atenciones…

viernes, 30 de octubre de 2009

PARIS ME MATA

Sí, Paris es bonito.

Paris es lujo.

Paris es joyas.

Paris es arte.

Paris es amor.

Paris es Sena.

Paris es violines.

Paris es hojas otoñales.

Paris es melting point.

Paris es Cartier.

Paris es graffitti.

Paris es sobre todo Louis Vuitton y Chanel.

Paris es un mal sueño que comienza en la Gare de l´est con la única alemana desorganizada que no sabe leer mapas, pero que ha conseguido alojamiento gratuito dentro de una casa donde viven una negra, un belga, una china vietnamita y una que, aunque lo niegue es más gitana que Lola Flores. Melting point. Genial, que hago yo con esta gente a la que ni siquiera entiendo. A ver si comprenden que hablar claro es no utilizar palabras del (esc)argot. EL belga y la negra también son ercargots, verdaderas babosas humanas que adoran ver la tele en la habiatción en la que duermo con la alemana, la no-gitana y la china vietnamita, la cual tiene una car de mala leche que no me deja conciliar el sueño.

Arc du triomphe. ¿Lo más destacado? las palabras de ánimo del general De Gaulle, las cuales también deben valorar sobremanera los franceses porque en cuanto murió le pusieron su nombre a todo, no se nos vaya a olvidar quién ganó la guerra. A mí plin, en ese sarao no estuvimos metidos los españoles. Hubiera sido más bonito que le pusieran el nombre estando vivo el coronel.

Campos elíseos. Hambre.

Torre Eiffel (¿he de remarcar que el trayecto fue a pie?) atajando (jajajajajaja) por el petit palais y el grand palais y un puesto de crêpes con una señora sudamericana que cantaba canciones de desamor a grito (en español).

Torre Eiffel. Pues sí. Impresionante. Sin toda esa gente, claro. Pero sí, impresionante. No puedo decir otra cosa. Te sientas a tomar un café y parece que va a avanzar y te va a comer.

Segundo día. Día en el que decides que quieres vivir en Montmartre, es decir, en un pueblo dentro de la ciudad. Paras a tomar un café en el bar de Amélie y comentas a tu alemana (parece que todos tenemos asignada una): c´est vraiment mignone!

En el Sacré coeur escuchas a una andaluza decir: lo más maravilloso es la mezcla de culturas. Te dan ganas de dewcirle: No, señora, lo más seguro es que seamos todos españoles (menos tu alemana, claro), pero que aún no los haya oído hablar.

Al anochecer te metes en el metro y vives el momento más reseñable del viaje (después de esa reflexión relámpago sobre el dinero que acabas de gastar): un moro, pero moro moro moraco te mete mano, y mientras tú gritas cosas inconexas en español y ríes ante lo surrealista de la situación, tu alemana grita: vous êtes très méchant!!!y un negro, pero negro negro negraco, con un sombrero de copa, una guitarra, un acordeón y lentejuelas en las perneras te abraza para que te tranquilices.El moro acabó fuera del vagón.

¿Tengo que decir que el viaje fue bueno?Sí, porque lo fue, porque deseas volver, porque te acuerdas de lo que tu madre te contaba cuando fue y piensas que es verdad, que quieres vivir ahí.

Pues eso, el viaje fue buno, pero no engaño: me metieron mano, tuve que dormir con cuatro personas, gaste más de 100 euros en tres días y al final todo el mundo habla español.