sábado, 19 de septiembre de 2009

Delibes, Miguel, El camino, Destino, Barcelona, 1983, pp. 223-224

"-Adiós Uca-uca- dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos inusitados.

-Mochuelo, ¿te acordarás de mí?

Daniel apoyó los codos en el alféizar y se sujetó la cabeza con las manos. Le daba mucha vergüenza decir aquello, pero ésta era su última oportunidad.

-Uca-uca...-dijo, al fin-. No dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿me oyes? !No quiero que te las quite!

Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-uca le viese. Y cuando empezó vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto al que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin"

Gracias, don Miguel, por escribir esta novela.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

LIBRO DE FAMILIA

Acarició el libro. Volvió a posar sobre él su mano, derrotada. Aurelio González suspiró las penas que llevaba encima y apoyó los codos sobre la mesa, para que fuera más fácil sujetarse la cara con las manos. Había eliminado de su mente todas las expectativas de trabajar esa mañana, su profesionalidad no podía con aquello, así que se dejó llevar por unos recuerdos que pudieran explicarle el por qué de aquella resolución.

Por primera vez en todo el día decidió mirar frente a frente. “Libro de familia” rezaba la portada. Justo lo que ya no tenía. “Libro de familia”. Aún no tenía fuerzas para abrirlo, ni para ir al juzgado. Siguió tirado en su butacón, en posición de colegial a primera hora de la mañana. Pensó en lo fácil que era ser niño, deseaba volver a esa época límbica en la que se es feliz o no, pero en la que nada importa, solo las necesidades primarias. Sin embargo de su niñez solo recordaba la voz de su abuelo, atronadora: “Aurelio será militar”, mientras él, niño, jugaba, consciente sólo de haber oído su nombre. “Será militar”

La juventud también era aceptable, a pesar de que ya había alguna responsabilidad más. Comenzaban las juergas nocturnas y la exploración del mundo femenino. A pesar de tener más responsabilidades, si conseguías estudiar un poco y no te metías en demasiados problemas te dejaban libertad suficiente para hacer lo que te diera la gana. Recordaba los primeros guateques en casa de amigos, fumando porros, oyendo música satánica. Y las chicas, ese universo inexplotable, las chicas. Se consideraba lo suficientemente feo como para no atreverse a iniciar una carrera amorosa. Lo suficientemente tímido como para mantenerse quieto sin necesidad de que ese tema le atosigara. Y por detrás la voz de su abuelo, “será militar”, mientras él estudiaba para que le dejasen en paz.

Aurelio volvió a mirar al frente, a la estancia vacía que constituía su despacho. A las nueve llegaría su jefe, tal vez a las diez, o a las once, depende de lo que tuviera en la agenda. Su agenda era él, realmente. Pero hoy no le apetecía recordar cosas tangibles, físicas, reales.

“No es fácil ser edecán –pensó- no es nada fácil. Reuniones, protocolo, vuelos, asistentes a congresos, seguridad, relaciones entre las distintas fuerzas... no es nada fácil, a pesar de la imagen que el cargo puede dar. No es nada agradecido aparecer al lado de un jefe que luce orgulloso medallas al mérito militar mientras yo tengo que sujetar una agenda negra, fea, llena de papeles”. Sin embargo, de tanto estudiar, Aurelio ya se había acostumbrado a los papeles.

Papeles de inscripción, apuntes, folios, todo eso se le cayó a Bernarda el día que chocaron por la calle. Ella venía de sus clases de filosofía y letras, él iba de uniforme. Ya la conocía, había sido novia de un amigo de la pandilla, pero decidió dejarla en cuanto ella le propuso cierta fidelidad en la relación. No acostarse con nadie más... Eso era lo que Aurelio necesitaba de una mujer, que no se acostase con nadie más, así que decidió ir a verla un día para tomar un café.

Mientras Bernarda desgranaba lamentos sobre su ex-novio, Aurelio iba ganando confianza y perdiendo la entereza. No entendía cómo hasta ese momento había podido resistirse al mundo femenino. Todo le fascinaba: las uñas de Bernarda, perfectamente recortadas y con solo un poco de esmalte transparente, sus labios, sus medias... ¿dónde acabarían esas medias? Así que tras los lamentos y las consolaciones, Aurelio y Bernarda pasaron a ser novios formales, justo el día en que enterraron al abuelo de Aurelio. Ella admiraba la delicadeza y paciencia de él, él el hecho de que ella se hubiese presentado al funeral.

Ser edecán había sido una cosa admirable en otro tiempo. De hecho, su etimología es francesa, cosa que enorgullecía a Aurelio. La palabra proviene del francés aide-de-camp, ayudante de campo. Miró el libro con desdén y sintió ganas de escribirlo en la portada: “Libro de familia de un aide-de-camp”. Rechazó la idea por miedo a que el libreto –a cualquier cosa llaman libro, pensó, esto es solo un documento con grapas- se abriera por la última hoja escrita.

Al principio, se vestía escondiéndose del espejo para luego sorprenderlo, con la ropa ya puesta, ante él. Observaba su reflejo con seriedad, y se decía que el uniforme era lo que más le gustaba de su carrera militar, aquella que había estudiado con hastío, para que le dejaran en paz. Así salía a la calle, con la barbilla bien alta, gustando gustar a las mujeres, deseando encontrarse con Bernarda. Llegaba a su puesto de trabajo y comenzaba a trabajar. Cuando le designaron edecán, pensó en lo bonito del nombre, a pesar de que luego se hubiera devaluado tanto, hasta el punto de que ser un edecán era ser, para los demás, un simple ayudante. Para los que gustan de reírse de los demás, su puesto significaba algo peor: ser un pelotero, un lame-culos. “Sí, claro. Como que es tan sencillo llevar la agenda y los actos a un militar, a alguien como mi jefe, tan ocupado y a la vez un verdadero olvidadizo” Sin embargo era un hecho, no era más que un edecán, un ayudante. Se imaginó, como siempre que reflexionaba sobre ello, que tal vez en otra época su puesto fuera más trepidante, acompañando al coronel a los puntos clave de la batalla, dándole coordenadas, opinando con sentido, siendo confidente, cortando cabezas a los franceses en la guerra de independencia. No le gustaba ir más allá en el tiempo porque consideraba que los siglos anteriores al XIX carecían de higiene, y eso le daba cierta repulsión.

Pero lo que más le gustaba de ser edecán era la cara de su madre, y sobre todo, la de Bernarda, que henchía el pequeño busto al ver a su novio de militar. Tras cinco años de hacerse el serio delante de Bernarda para que ésta hinchara su pecho de orgullo, decidió casarse y después, tener hijos. No permitió a su mujer trabajar a pesar de que estaba muy orgulloso de que fuera licenciada en filosofía y letras, lo que hacía que en las reuniones sociales su esposa resaltara por su barniz cultural. Su casa estaba llena de libros y a veces iban al teatro. Pero a la vuelta de la librería o del teatro, Bernarda en casa.

“¿Qué trabajo podía ejercer mi mujer?” se preguntó la aciaga mañana “Tal vez de profesora, o de secretaria” No, no, su mujer de secretaria, nanay. No sabía lo que le hacía recelar de ese puesto pero de secretaria, no. Él no era celoso pero... no. Quién sabe qué le esperaba a Bernarda más allá de la casa y la librería, y el teatro. Y de los niños, Aurelio y Bernarda, como ellos. Al edecán del jefe militar le daba pereza pensar ahora en sus hijos, a pesar de que su futuro estaba en entredicho ahora que... en fin. “¿Por qué no trabajó nunca de secretaria Bernarda?” Tal vez era un puesto demasiado parecido al suyo. Miró hacia otro lado en su despacho.

Bernarda era...dulce, candorosa, tal vez algo exigente como madre, pero es que las tareas del hogar la tenían demasiado ocupada como para andarse con tonterías. Era inocente, de eso estaba seguro Aurelio. Sonrió.

Por todo eso fue tan dura la sorpresa de esta mañana. Al levantarse, se encontró a su mujer con Bernardita en brazos. El desayuno ya estaba puesto y los niños vestidos. Solo la madre parecía algo diferente. Aurelio se sentó y la miró al notar que ella seguía inmóvil. De repente oyó:

-Quiero el divorcio.
-¿Perdón?
-Quiero el divorcio, Aurelio.
- Pero,¿por qué?
-Porque sí.
-¿Pero tú estás segura, mujer? ¿Estás nerviosa por algo?
-No.

Ella se levantó y comenzó a mesar los cabellos rizados del pequeño Aurelio, mientras el padre intentaba reaccionar.

-Toma -le alargó el libro de familia, el mismo que ahora estrujaba entre sus manos- vas al juzgado y te enteras cómo hay que hacer para divorciarse de común acuerdo, y ver si aquí –señalo el documento como prueba irrefutable- hay que cambiar algo.

Acto seguido se giró, y con toda la energía que existía en la casa –se la había robado a Aurelio- comenzó a recoger la mesa.

El edecán, lame-culos y servicial, se levantó de su butaca, bordeó su bureau, y mirando el reloj recordó que su jefe no vendría hasta las once, así que decidió ir hasta el juzgado para que le explicaran cómo cambiar en su libro de familia el estado “casado” por el de “divorciado”.

sábado, 5 de septiembre de 2009

LAURA O EL LADO NEGATIVO DE LAS COSAS

Ella se volvía loca escuchando Chicks on Speed, Lo-Fi-Fnk, después de todo el día leyendo a Mihura, transcribiendo fonéticamente los carteles que veía por la calle, fregando el baño, comprando cosas en el supermercado, mandando mensajes y sientiéndose tan sola...

La narradora suspiró, Laura no va a cambiar nunca, aunque ella intentara contarlo de otra manera.

viernes, 14 de agosto de 2009

DEDICATORIA (APÓCRIFA A MI PESAR) ENCONTRADA EN UN EJEMPLAR DE CRÍMENES EJEMPLARES, DE MAX AUB

Querido,
regalarte este libro no es casual. Primero te lo recomendé yo, luego tú pensaste en regalármelo, aun cuando ya lo tenía. Existen pequeños milagros urdidos por el cosmos que me ayudan a seguir caminando, y este es una de ellos, especialmente valorable puesto que tiene relación con un tema tan apasionante como la muerte.

Todos tenemos miedo a la muerte, y sin embargo nos acercamos a estudiarla y admirarla de manera morbosa. Aquí existen casos inocentes, humorísticos, de la muerte y el asesinato, o crímen, su variante más interesante.

Existen muertes estúpidas, heróicas, inútiles, morbosas, y a pesar del VANITAS VANITATIS que promulgaba la danza de la muerte ya en el siglo XV, no todas son iguales, lo siento mucho, por lo menos desde el lado humano.




Por eso yo ya he elegido como quiero morir, como la bisabuela de aquella prima mía, que pasó a mejor vida (o a peor, o a ninguna) dormida, con el periódico sobre las piernas y, lo más importante, recién llegada de la peluquería. Eso sí es un detalle de buen gusto, de savoir faire. Y aunque una vez corroída por los parásitos eso poco importe (seguramente se aplastará la parte de atrás del cardado, como cuando duermes, aunque ahora que lo pienso, eso se puede solucionar: las geishas duermen con un talón de madera en la nuca para que su peinado se mantenga en el aire. No sé si será cómodo, pero a esas alturas poco importará), creo que el hecho de que hablen de uno importa, importa mucho. Bueno, qué te voy a decir, soy escritora y publico mis textos, quiero que lo mío perdure. Y si mi nombre puede recordarse durante el más tiempo posible, mejor. Lo malo que veo a esa muerte es que no sabes cuándo llegará, porque si lo supiera me haría un moño a lo María Callas. Pero si lo sabes, los nervios y la desesperación de la vida que se acaba me harían perder la compostura, con lo cual el moño poco importaría en una estampa mortuoria tan patética. Ya puede tu peinado ser de órdago a la grande, que nada puede evitar la vergüenza de los gritos y el aferrarse a la vida como un clavo ardiendo.
Bueno, calculo que mi dedicatoria ocupa ya casi tanto como la obra maravillosa de Aub, espero que la disfrutes, aunque no muy solemnemente, recuerda que en ningún relato la historia se cuenta desde el lado del muerto, no hay pacto tanático.

Tu amiga, que te quiere y que se morirá, al igual que tú,

Loreto

jueves, 2 de julio de 2009

LA CÁRCEL DE PAPEL

"La cárcel de papel" era una divertida sección de la revista La codorniz. En ella, elegían un personaje y tergiversaban su figura y sus palabras con humor para poder condenarle a un tiempo en la cárcel de papel. Había un claro atisbo de crítica en algunos casos. En otros, solo se percibía que los redactores eran unos gamberros.

Habla la narradora:

Yo también estoy encerrada en una cárcel de papel. Mi condena no es catastrófica, pues concuerda con la naturaleza de mi existencia, sin embargo, a veces me desespera que la autora de los textos que narro no vaya más deprisa en su aprendizaje, que no sepa escribir las cosas como yo quiero narrarlas. A veces le chivo, pero estoy tan ocupada dejando mi fina ironía en cada línea del texto, que normalmente voy arreglando lo escrito a mi manera y finalmente le chivo las respuestas, pues aunque ya haya llegado a la perfección final, todavía tiene mucho que aprender, y hay que ser consciente de ello.

Me deja participar en sus bromas, pero no me conoce aún lo suficiente. No se da cuenta que yo hago malabarismos para soportar cada una de sus oraciones subordinadas para que, en vez de parecer una mierda incoherente, suenen casi gongorinos.

Esta cárcel de papel me alivia de estar flotando en la nada, de ser parte de un talento no explotado, de limitarme a ofrecer ideas brillantes en momentos puntuales que no llegarán a plasmarse nunca. Y sé de lo que hablo, porque en un principio fue así, ella se negaba a escribir, asustada por los estereotipos. Pero afortunamdamente, esos prejuicios se dan solo en los jóvenes y en los tontos, y al final, los pequeños disgustos de la vida hacen que te des cuenta de la importancia del papel.

Esta cárcel de papel es a la vez un palacio donde estamos encerradas las dos, y de donde ella quiere escapar desesperadamente, por mucho que yo a veces intente disfrazarme para entretenerla, y aparezca de narrador omnisciente -una vez, en "El libro del edecán", me lucí y fingí ser un narrador galdosiano, pero metí un poco la pata porque se me escapa la ironía por los poros, y quedaba exagerado, ahora bien, la culpa no es mía, es que el protagonista era muy tonto-, otras veces soy narradora protagonista para darle más emoción al asunto, como en "La casa de los sonidos", e incluso una vez hice un esfuerzo y me convertí en el "yo poético". Da igual, hay momentos en que la autora no sabe lo que quiere. En fin, qué se puede esperar de una persona de 25.

Yo le daría más premios literarios, no porque se los merezca, al fin y al cabo soy persona implicada en el asunto de su creación literaria, no puedo ser objetiva, sino para levantarle el ánimo. Aunque una cosa está clara, si no se quiere ella, nadie la va a querer, así que puede ir aprendiendo a valorarse... que los demás no han venido a este mundo a adularla, todos tenemos ocupacion.

Mi última reflexión, desde la celda de mi cárcel, es mucho más banal, pero no deja de preocuparme: yo digo que mi cárcel es de papel, pero ahora que se van cambiando los formatos, noto las paredes de mi guarida mucho más difusas, cambiantes, y entonces me acuerdo de aquella obra de Buero Vallejo, La Fundación, y me pregunto si estaré loca, por la falta de libertad, o si realmente estará cambiando. Y si es así... ¿Cómo va a ser mi nuevo hogar? ¿De qué estarán conformadas sus paredes? ¿De bites? ¿O será un bonito tapizado de ceros y unos? Ahora, ¿estamos seguros de que lo escrito permanece? Hasta ahora ellos -los estúpidos escritores, que se creen dios, cuando los únicos dioses que verdaderamente movemos y reflexionamos a los personajes somos nosotros, los narradores- bueno, como decía: Hasta ahora ellos nunca habían escrito así, dando a botones con una letra inscrita en la parte de arriba.... Para quedarse grabado en mitad de la nada.

PELANAS



Bueno, éste es mi nuevo perrín, Pelanas. Lo cogimos de la perrera a los tres días de la inesperada muerte de Bolín, por que nos dimos cuenta que nuestra casa sin perro no es un hogar, es simplemente un piso amueblado.


Pelanas no sustituye a Bolín, sólo nos ayuda a sobreponernos de la pérdida, y lo mejor de todo es que no se parecen en nada: mientras Bolín era igual de serio que un notario afiliado al Real Madrid, Pelos, como lo llamamos cariñosamente, decide veinte veces al día mordernos las manos, pegarse él solito con las puertas y correr pasillo arriba sin razón aparente. Bolín era muy cariñoso y Pelanas vende muy caros los besos.Aún no tiene muy claro que a la calle se va hacer pis y no vida social, por lo que según llega a casa mea la alfombra. Si te ve después de mucho tiempo se lleva una alegría tremenda, pero es que si vas al baño y tardas tres minutos te recibe en el salón con exactamente el mismo alborozo. Tiene un osito azul al que muerde antes de irse a dormir y en momentos esporádicos, como la siesta.Le das en el morro cuando hace algo mal y ni siente ni padece. Ysi se mete a oscuras debajo de la cama luego ladra para que enciendas la luz, porque él solo no sabe salir.


Este es el único homenaje que puedo ofrecerte Pelos.

lunes, 29 de junio de 2009

MI ABUELO

Paseo por la calle, con el cuello encogido por el frío. Miro el cielo. Gris. Gris como mi infancia. Gris como la carpa de mi ciudad. Me mudé a Madrid fascinada por la posibilidad de un día azul en pleno invierno. Y desde entonces los días grises atacan más mi corazón, porque se suma una nostalgia hacia el pasado al que no quiero volver. Un dolor reflejo hace que recuerde los días felices de la infancia.

El día que llegué del colegio diciendo que mis profesores nos habían dicho que podíamos llevar a nuestros padres para que hablaran de su profesión noté un silencio escurridizo, que rompió mi abuelo:

-Iré yo, nena.
-¿Harías eso por mí, tatu?
-Claro, les hablaré de la mina.

El día de la presentación vi a través de la puerta cómo mi abuelo se arreglaba para ir conmigo a la escuela. Una punzada de dolor atacaba mi pecho por miedo a que algo saliera mal.

Todos los niños miraron a mi abuelo con curiosidad. ¡Era tan mayor!¿Es que acaso no tenían abuelo? Esa idea relajó la presión que me acompañaba.

Mi abuelo comenzó a hablar de cómo era la mina y de cómo vivía esa aventura un guaje de trece años, la misma edad que teníamos nosotros. Mis compañeros empezaron a abrir la boca, fascinados con aquellos recuerdos. Yo también la abría, asombrada con que ellos no hubieran crecido oyendo esas historias. Mi abuelo estaba consiguiendo lo que años después se intentaría en vano: convertir al minero en héroe, porque no tenía miedo ante lo que para él era un trabajo como otro cualquiera.

De repente, el viejecito se giró y cogió una tiza. Tenía un as en la manga. Comenzó a dibujar por toda la pizarra una galería de las que hay en la mina. Mi abuelo dibujaba muy bien y se estaba esmerando, mientras seguía hablando, describiendo cada detalle de su dibujo. En un último intento de ganarse al público, dibujó unos monigotes intencionadamente exagerados, y dijo:

-Y estos éramos nosotros.

Mientras mis compañeros reían entusiasmados, el dolor de mi pecho se disolvió hasta convertirse en un orgullo por mi abuelo que no conocía hasta ese momento.

Ahora, años después, sonrío por detrás de mi bufanda, y decido dejar de mirar el cielo, algo circunstancial, para mirar al frente, a mi futuro, a mis propios miedos.