martes 10 de noviembre de 2009
GRATIS/NABO
Se puso de puntillas y comenzó a caminar. Había decidido comprar esos pequeños nabos que había descubierto a su llegada a Francia, que le parecían tan cool para servir de aperitivo, casi tan cool como la bolsa reutilizable, porque ser ecológica mola, en su justa medida, hasta que dejas de lavarte y comienzas a usar prendas que se parecen a las bolsas de patatas.
Calle abajo, descubrió puestos callejeros, en los que su preciado tesoro se arrellanaba en pequeños racimos, sujetos sólo por una leve cuerda. Los cogió y comenzó a andar hacia la caja registradora. Pero descubrió una lechuga que combinada perfectamente con su intención de ser sana. El vendedor, que ya la conocía, después de semanas de sonrisas y pocas palabras, le regaló una bolsa de patatas fritas, las cuales no rimaban muy bien con el resto de la compra, pero que, al fin y al cabo, eran gratis; y, ya se sabe, lo gratis es un triunfo ante el mundo, ante el día, ante el monedero.
Se paró a tomar un café, a ver la gente pasar, pensando en qué más podía deparar esa mañana. Y entonces se entristeció porque, tras la comida, casi todo se volvería negro, y sus fantasmas volverían. Se había olvidado que su vida giraba irremediablemente, siempre por los mismos ejes.
sábado 31 de octubre de 2009
MARC CHAGALL
Lo maravilloso es que alguien, a pesar de todo, siga pintando cuadros bonitos, llenos de colores y recuerdos infantiles, como si fuera un garabato hecho en una servilleta. Lo increíble es que alguien consagrado al arte elija Reims para vivir con su mujer, su tesoro, su catedral.
Lo justo es que le encargaran el diseño de las vidrieras de la catedral.
Bienvenido, Marc Chagall, a mi universo de imágenes admiradas y recurrentes. Aquí te podrás encontrar con gente interesante.
viernes 30 de octubre de 2009
PARIS ME MATA
Paris es lujo.
Paris es joyas.
Paris es arte.
Paris es amor.
Paris es Sena.
Paris es violines.
Paris es hojas otoñales.
Paris es melting point.
Paris es Cartier.
Paris es graffitti.
Paris es sobre todo Louis Vuitton y Chanel.
Paris es un mal sueño que comienza en la Gare de l´est con la única alemana desorganizada que no sabe leer mapas, pero que ha conseguido alojamiento gratuito dentro de una casa donde viven una negra, un belga, una china vietnamita y una que, aunque lo niegue es más gitana que Lola Flores. Melting point. Genial, que hago yo con esta gente a la que ni siquiera entiendo. A ver si comprenden que hablar claro es no utilizar palabras del (esc)argot. EL belga y la negra también son ercargots, verdaderas babosas humanas que adoran ver la tele en la habiatción en la que duermo con la alemana, la no-gitana y la china vietnamita, la cual tiene una car de mala leche que no me deja conciliar el sueño.
Arc du triomphe. ¿Lo más destacado? las palabras de ánimo del general De Gaulle, las cuales también deben valorar sobremanera los franceses porque en cuanto murió le pusieron su nombre a todo, no se nos vaya a olvidar quién ganó la guerra. A mí plin, en ese sarao no estuvimos metidos los españoles. Hubiera sido más bonito que le pusieran el nombre estando vivo el coronel.
Campos elíseos. Hambre.
Torre Eiffel (¿he de remarcar que el trayecto fue a pie?) atajando (jajajajajaja) por el petit palais y el grand palais y un puesto de crêpes con una señora sudamericana que cantaba canciones de desamor a grito (en español).
Torre Eiffel. Pues sí. Impresionante. Sin toda esa gente, claro. Pero sí, impresionante. No puedo decir otra cosa. Te sientas a tomar un café y parece que va a avanzar y te va a comer.
Segundo día. Día en el que decides que quieres vivir en Montmartre, es decir, en un pueblo dentro de la ciudad. Paras a tomar un café en el bar de Amélie y comentas a tu alemana (parece que todos tenemos asignada una): c´est vraiment mignone!
En el Sacré coeur escuchas a una andaluza decir: lo más maravilloso es la mezcla de culturas. Te dan ganas de dewcirle: No, señora, lo más seguro es que seamos todos españoles (menos tu alemana, claro), pero que aún no los haya oído hablar.
Al anochecer te metes en el metro y vives el momento más reseñable del viaje (después de esa reflexión relámpago sobre el dinero que acabas de gastar): un moro, pero moro moro moraco te mete mano, y mientras tú gritas cosas inconexas en español y ríes ante lo surrealista de la situación, tu alemana grita: vous êtes très méchant!!!y un negro, pero negro negro negraco, con un sombrero de copa, una guitarra, un acordeón y lentejuelas en las perneras te abraza para que te tranquilices.El moro acabó fuera del vagón.
¿Tengo que decir que el viaje fue bueno?Sí, porque lo fue, porque deseas volver, porque te acuerdas de lo que tu madre te contaba cuando fue y piensas que es verdad, que quieres vivir ahí.
Pues eso, el viaje fue buno, pero no engaño: me metieron mano, tuve que dormir con cuatro personas, gaste más de 100 euros en tres días y al final todo el mundo habla español.
sábado 17 de octubre de 2009
EL MORIR
"¿Por qué he de dar clase a niños? ¿Por qué tengo que aprender cosas? ¿Por qué? si me voy a morir. Todos los conocimientos, todos los esfuerzos, tirados al ataúd. Y lo que es peor. Todos esos niños, que llegarán a ser adultos, puede que incluso con mis conocimientos en su mente, también se morirán. Esa niña tan guapa, tan inteligente, Laura, como yo, pero ellos la llaman "Lora", que tienes de alumna en el colegio, también se desintegrará sobre una cama de tercipelo y tejo. Sus ojos se hundirán marcando el lugar donde algún día estuvo el cerebro repleto de vocabulario en español, de ecuaciones, gramática y fechas históricas. Y entonces, ni siquiera importarán los mimos de su madre cada mañana, que le preparaba la ropa y el desayuno con cariño, confiando en la inteligencia de su niña..."
Eso pensaba Laura mientras se cortaba las uñas, ese apéndice estúpido que tenemos tras años de evolución sin escarbar en la tierra ni matar con nuestras propias manos.
"Prefiero matarme a mí misma a través de los pensamientos"
Y sonrió.
martes 13 de octubre de 2009
GRUMO
Como parte de una sustancia que se coagula, me considero un grumo. Soy un obstáculo en las aceras, en la existencia de algunas personas, en el metro, en la mente de los demás. Soy un montón de partículas que se amontonan con una forma más o menos perfecta, con voluntad para moverse y poca claridad para pensar.
Me considero un montoncito dentro de otro montoncito. Mi sangre está llena de grumos. Mis pensamientos corren parejos a esas mierdas solidificadas, se componen de lo mismo y me asombra la velocidad a la que se mueven, mientras el exterior de mi cuerpo descansa acompasado a la respiración, que parece adelantar mi muerte. Hay grumos en el humo que expulsa mi boca, pero no en el que ya pertenece a la habitación.
Mi amiga Isa formó un grumo involuntario en su mano, al golpearse contra la puerta. Toda la fuerza concentrada en la destrucción de una falange. Y sin embargo el bulto muestra que está viva, que sus fluidos vitales pujan por salir, cambiando su itinerario normal.
Mi existencia es un grumo. Me ocupo de nada, respiro el aire que se merecen los demás. Obstaculizo. No valgo nada. Y sin embargo, al considerarme un grumo, me veo más real, mejor ser de lo que soy. Pertenezco a la vida. Y no está tan mal. Sólo un poco difícil. Y a veces aburrida.
sábado 19 de septiembre de 2009
Delibes, Miguel, El camino, Destino, Barcelona, 1983, pp. 223-224
-Mochuelo, ¿te acordarás de mí?
Daniel apoyó los codos en el alféizar y se sujetó la cabeza con las manos. Le daba mucha vergüenza decir aquello, pero ésta era su última oportunidad.
-Uca-uca...-dijo, al fin-. No dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿me oyes? !No quiero que te las quite!
Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-uca le viese. Y cuando empezó vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto al que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin"
Gracias, don Miguel, por escribir esta novela.
miércoles 9 de septiembre de 2009
LIBRO DE FAMILIA
Por primera vez en todo el día decidió mirar frente a frente. “Libro de familia” rezaba la portada. Justo lo que ya no tenía. “Libro de familia”. Aún no tenía fuerzas para abrirlo, ni para ir al juzgado. Siguió tirado en su butacón, en posición de colegial a primera hora de la mañana. Pensó en lo fácil que era ser niño, deseaba volver a esa época límbica en la que se es feliz o no, pero en la que nada importa, solo las necesidades primarias. Sin embargo de su niñez solo recordaba la voz de su abuelo, atronadora: “Aurelio será militar”, mientras él, niño, jugaba, consciente sólo de haber oído su nombre. “Será militar”
La juventud también era aceptable, a pesar de que ya había alguna responsabilidad más. Comenzaban las juergas nocturnas y la exploración del mundo femenino. A pesar de tener más responsabilidades, si conseguías estudiar un poco y no te metías en demasiados problemas te dejaban libertad suficiente para hacer lo que te diera la gana. Recordaba los primeros guateques en casa de amigos, fumando porros, oyendo música satánica. Y las chicas, ese universo inexplotable, las chicas. Se consideraba lo suficientemente feo como para no atreverse a iniciar una carrera amorosa. Lo suficientemente tímido como para mantenerse quieto sin necesidad de que ese tema le atosigara. Y por detrás la voz de su abuelo, “será militar”, mientras él estudiaba para que le dejasen en paz.
Aurelio volvió a mirar al frente, a la estancia vacía que constituía su despacho. A las nueve llegaría su jefe, tal vez a las diez, o a las once, depende de lo que tuviera en la agenda. Su agenda era él, realmente. Pero hoy no le apetecía recordar cosas tangibles, físicas, reales.
“No es fácil ser edecán –pensó- no es nada fácil. Reuniones, protocolo, vuelos, asistentes a congresos, seguridad, relaciones entre las distintas fuerzas... no es nada fácil, a pesar de la imagen que el cargo puede dar. No es nada agradecido aparecer al lado de un jefe que luce orgulloso medallas al mérito militar mientras yo tengo que sujetar una agenda negra, fea, llena de papeles”. Sin embargo, de tanto estudiar, Aurelio ya se había acostumbrado a los papeles.
Papeles de inscripción, apuntes, folios, todo eso se le cayó a Bernarda el día que chocaron por la calle. Ella venía de sus clases de filosofía y letras, él iba de uniforme. Ya la conocía, había sido novia de un amigo de la pandilla, pero decidió dejarla en cuanto ella le propuso cierta fidelidad en la relación. No acostarse con nadie más... Eso era lo que Aurelio necesitaba de una mujer, que no se acostase con nadie más, así que decidió ir a verla un día para tomar un café.
Mientras Bernarda desgranaba lamentos sobre su ex-novio, Aurelio iba ganando confianza y perdiendo la entereza. No entendía cómo hasta ese momento había podido resistirse al mundo femenino. Todo le fascinaba: las uñas de Bernarda, perfectamente recortadas y con solo un poco de esmalte transparente, sus labios, sus medias... ¿dónde acabarían esas medias? Así que tras los lamentos y las consolaciones, Aurelio y Bernarda pasaron a ser novios formales, justo el día en que enterraron al abuelo de Aurelio. Ella admiraba la delicadeza y paciencia de él, él el hecho de que ella se hubiese presentado al funeral.
Ser edecán había sido una cosa admirable en otro tiempo. De hecho, su etimología es francesa, cosa que enorgullecía a Aurelio. La palabra proviene del francés aide-de-camp, ayudante de campo. Miró el libro con desdén y sintió ganas de escribirlo en la portada: “Libro de familia de un aide-de-camp”. Rechazó la idea por miedo a que el libreto –a cualquier cosa llaman libro, pensó, esto es solo un documento con grapas- se abriera por la última hoja escrita.
Al principio, se vestía escondiéndose del espejo para luego sorprenderlo, con la ropa ya puesta, ante él. Observaba su reflejo con seriedad, y se decía que el uniforme era lo que más le gustaba de su carrera militar, aquella que había estudiado con hastío, para que le dejaran en paz. Así salía a la calle, con la barbilla bien alta, gustando gustar a las mujeres, deseando encontrarse con Bernarda. Llegaba a su puesto de trabajo y comenzaba a trabajar. Cuando le designaron edecán, pensó en lo bonito del nombre, a pesar de que luego se hubiera devaluado tanto, hasta el punto de que ser un edecán era ser, para los demás, un simple ayudante. Para los que gustan de reírse de los demás, su puesto significaba algo peor: ser un pelotero, un lame-culos. “Sí, claro. Como que es tan sencillo llevar la agenda y los actos a un militar, a alguien como mi jefe, tan ocupado y a la vez un verdadero olvidadizo” Sin embargo era un hecho, no era más que un edecán, un ayudante. Se imaginó, como siempre que reflexionaba sobre ello, que tal vez en otra época su puesto fuera más trepidante, acompañando al coronel a los puntos clave de la batalla, dándole coordenadas, opinando con sentido, siendo confidente, cortando cabezas a los franceses en la guerra de independencia. No le gustaba ir más allá en el tiempo porque consideraba que los siglos anteriores al XIX carecían de higiene, y eso le daba cierta repulsión.
Pero lo que más le gustaba de ser edecán era la cara de su madre, y sobre todo, la de Bernarda, que henchía el pequeño busto al ver a su novio de militar. Tras cinco años de hacerse el serio delante de Bernarda para que ésta hinchara su pecho de orgullo, decidió casarse y después, tener hijos. No permitió a su mujer trabajar a pesar de que estaba muy orgulloso de que fuera licenciada en filosofía y letras, lo que hacía que en las reuniones sociales su esposa resaltara por su barniz cultural. Su casa estaba llena de libros y a veces iban al teatro. Pero a la vuelta de la librería o del teatro, Bernarda en casa.
“¿Qué trabajo podía ejercer mi mujer?” se preguntó la aciaga mañana “Tal vez de profesora, o de secretaria” No, no, su mujer de secretaria, nanay. No sabía lo que le hacía recelar de ese puesto pero de secretaria, no. Él no era celoso pero... no. Quién sabe qué le esperaba a Bernarda más allá de la casa y la librería, y el teatro. Y de los niños, Aurelio y Bernarda, como ellos. Al edecán del jefe militar le daba pereza pensar ahora en sus hijos, a pesar de que su futuro estaba en entredicho ahora que... en fin. “¿Por qué no trabajó nunca de secretaria Bernarda?” Tal vez era un puesto demasiado parecido al suyo. Miró hacia otro lado en su despacho.
Bernarda era...dulce, candorosa, tal vez algo exigente como madre, pero es que las tareas del hogar la tenían demasiado ocupada como para andarse con tonterías. Era inocente, de eso estaba seguro Aurelio. Sonrió.
Por todo eso fue tan dura la sorpresa de esta mañana. Al levantarse, se encontró a su mujer con Bernardita en brazos. El desayuno ya estaba puesto y los niños vestidos. Solo la madre parecía algo diferente. Aurelio se sentó y la miró al notar que ella seguía inmóvil. De repente oyó:
-Quiero el divorcio.
-¿Perdón?
-Quiero el divorcio, Aurelio.
- Pero,¿por qué?
-Porque sí.
-¿Pero tú estás segura, mujer? ¿Estás nerviosa por algo?
-No.
Ella se levantó y comenzó a mesar los cabellos rizados del pequeño Aurelio, mientras el padre intentaba reaccionar.
-Toma -le alargó el libro de familia, el mismo que ahora estrujaba entre sus manos- vas al juzgado y te enteras cómo hay que hacer para divorciarse de común acuerdo, y ver si aquí –señalo el documento como prueba irrefutable- hay que cambiar algo.
Acto seguido se giró, y con toda la energía que existía en la casa –se la había robado a Aurelio- comenzó a recoger la mesa.
El edecán, lame-culos y servicial, se levantó de su butaca, bordeó su bureau, y mirando el reloj recordó que su jefe no vendría hasta las once, así que decidió ir hasta el juzgado para que le explicaran cómo cambiar en su libro de familia el estado “casado” por el de “divorciado”.
